Mondes profanes Dalongeville

Introducción: de la historia « guardar memoria » a la historia « problemas de memoria »

  1. Este artículo es un extracto del libro publicado bajo la dirección de Éthier, M. –A., Lefrançois, D., Joly-Lavoie, A. (2018). Mondes profanes. Enseignement, fiction et histoire, Laval: PUL.
  2. Mi agradecimiento a Graciela Fabian por su escrupulosa traducción.

 

Sí, la historia es la fórmula. La existencia de este libro, su título, es la prueba.

Desde la Segunda Guerra Mundial, los lugares, los ámbitos, las ocasiones en que se convoca la historia, se han multiplicado [en la Europa que la sobrevivió]. Y si el “protagonismo” de la historia se ha expresado en formas diversas: evocaciones, conmemoraciones o recuerdos -nosotros preferimos hablar de re-memorización-, la alusión a la historia ya no es prioritariamente  solemne, se ha tornado lúdica, confidencial y popular… Lo que es una constante es que se nos alientan a mirar hacia “atrás” a reparar en el pasado. Y son numerosos quienes protagonizan esta re-memorización aunque  muy a menudo, los historiadores apenas se hacen notar entre ellos sino es que están totalmente ausentes de la puesta en escena del pasado a evocar.

Dos comentarios sobre el tema. Si lo pensamos bien esta ausencia no es nueva: a lo largo de la Edad Media, la memoria de las sociedades tomaba forma en la narrativa de cronistas que contaban grandiosas hazañas de personajes formidables. Con la Ilustración llegó una nueva labor para la historia: juzgar al pasado y educar a las generaciones futuras. Más adelante, con la constitución de los Estado-nación, los historiadores se convirtieron en servidores públicos (Noiriel, 2012). La historia marcó así su trayectoria entre la crónica y la narrativa nacional. Por otra parte ¿cuántos libros de texto de historia e incluso de libros de historia académica, se han publicado sin que se practique en ellos una verdadera crítica del testimonio (Dalongeville, 2001)? Este aspecto debe tenerse en cuenta, ya que muchos historiadores se quejan de la falta de carácter científico de las re-memorizaciones referidas. ¡Muchos profesionales se dejaron atrapar!, señalan. La segunda observación es que sin duda estamos presenciando una democratización del « tramado de la historia ». El historiador ya no tiene la exclusividad de su confección y, por lo mismo, se muestra sorprendido por el giro que han tomado algunas de sus nuevas producciones.

Historia amateur e historia científica

Por lo tanto, si hay una historia amateur, memorioza ¿ésta se distingue tajantemente de la historia académica? Tal formulación se puede interpretar de dos maneras. Podemos considerar que el objeto mismo de la historia amateur sería mundano y no revelador o relevante, en el sentido de que se alejaría del sentido crítico y en busca de argumentos de veracidad que los historiadores profesionales suelen dar a sus estudios. También se puede entender, sin prejuzgar los tópicos de que se ocupa, que la historia amateur sería practicada por historiadores aficionados, amateurs sin prestigio, que no tendrían la objetividad que se garantiza al seguir los específicos procedimientos científicos que se han dado los historiadores académicos.

Estas dos visiones no se excluyen entre sí. Se puede reconocer que hay un verdadero entusiasmo por la historia de la Segunda Guerra Mundial en revistas dirigidas al público en general, en documentales de televisión, en videojuegos, en conmemoraciones (el desembarco en Normandía se convirtió, desde 1944, en una actividad turística en sí misma)… Pero también podemos observar que el público está interesado en objetos de estudio menos tratados, como se observa especialmente en los “ecomuseos”, espacios que han proliferado en  América y Europa sobre todo enfocados a promover el turismo. Lo histórico interesa, llama la atención de un amplio público que gusta de conocer episodios del pasado, como a la búsqueda de un exotismo que no se localiza en otro lado, sino en otro tiempo. El exotismo es uno de los componentes de esta atracción por la historia, sea amateur o no. Basta con echar un atento vistazo a lo que las agencias de viajes están vendiendo: paisajes y lugares para visitar con una dimensión cultural e histórica como atractivo principal.

Y ¿Quién produce esta historia amateur y fabulesca? Hay conocidos “historiadores divulgadores” de medio tiempo que la practican como un pasatiempo de estudiosos… En todo caso de ninguna manera nos interesa injuriarlos. La historia local, por ejemplo, a menudo se conoce a través de la investigación seria y documentada de muchos de estos eruditos ocupados asiduamente en recolectar y mantener huellas, rastros (el término aquí se toma en sentido amplio y no se limita al de artefactos) del pasado. La diferencia puede ubicarse en el tipo de proyecto que ocupa a los aquí llamados historiadores narrativos y que sería el de la transmisión, mientras que el de los historiadores académicos se encaminaría hacia la comprensión.

En todo caso el historiador amateur no se guía por las mismas perspectivas que el historiador profesional (problematizar, argumentar a favor de una interpretación basada en la evidencia, debatir estas pruebas), sin que por ello el historiador-amateur no pueda desarrollar su pasatiempo con el mismo rigor que el historiador profesional.

De hecho, nos parece que no es tanto que la práctica académica de la historia se haya democratizado, sino que las organizaciones e instituciones que están a la búsqueda de patrimonio histórico se han multiplicado: autoridades locales o regionales, asociaciones, fundaciones…

Más allá de la evidente la necesidad de recolectar y preservar evidencias, huellas, el proceso de patrimonialización que protagoniza el historiador-narrador consiste, ante todo, en privilegiar ciertas huellas a expensas de otras, para luego interpretarlas. En ambas etapas –recolección e interpretación-, los historiadores de la memoria colectiva, lo mismo que los académicos, minimizan u omiten declarar los criterios  que aplicaron para elegir este patrimonio. Así mientras el pasado arroja cierta luz sobre el presente, simétricamente, las preocupaciones de los historiadores dejan algunas evidencias en las sombras mientras destacan otras en el punto de mira. Se interesan ​​en objetos ignorados hace unos años. Ya se trate de lugares gloriosos como las playas del desembarco de Normandía o lugares más bien lúgubres como los que albergaron campamentos de refugiados durante la Segunda Guerra Mundial (Gurs en el Béarn que muy pocas personas conocen en esa zona) o lugares donde se realizaba la trata de esclavos (Ilot de Goree). Y en este sentido, el pasado está lleno del presente, del mundo mental e ideológico de los historiadores del hoy.

¿Memoria colectiva, memoria construida o memoria de préstamos?

La patrimonialización consiste en decidir qué huella del pasado es digna de integrarse a la memoria colectiva. Como acabamos de ver, las razones son subjetivas, afectivas. En todo caso, el patrimonio destacado requiere de ser  conocido, de examinarse para relativizarlo, desmitificarlo, despojarlo de la subjetividad de quien lo eligió entre otros rastros del pasado para ser asumido por un cuerpo social.

Además del inconveniente que plantea la elección de lo memorable a partir de una subjetividad descontrolada, la re-memorización así definida corre el riesgo de reemplazar una narración unívoca con otra. Tal seria el costo de ignorar las contradicciones que vienen con “el otro” [hecho, dato] que altera la coherencia de la narrativa histórica vigente.

Si el “vencido” ha tenido pocas oportunidades de escribir su propia visión de los hechos por razones obvias, lo mismo le ha sucedido a los débiles, las minorías, los excluidos. Y en este sentido, al recuperar la memoria de éstos actores de la historia, solo es aconsejable dar la bienvenida al hecho de que la memoria popular ha sido rehabilitada, o que estamos comenzando a estudiar las Cruzadas desde el punto de vista de los árabes. Pero reemplazar un punto de vista con otro no ayuda a comprender mejor el pasado. El famoso e ineludible espectáculo de Puy du Fou (Vendée) nos parece característico de este escollo. Ya que, después de que por largo tiempo la historiografía caricaturizó a los Chouans (jóvenes campesinos realistas insurrectos) de 1793, representándolos como enemigos de la República, la cinéscénie (espectáculo nocturno) de Puy du Fou los presenta ahora a la inversa: como  republicanos de cepa sin ninguna contradicción interna.

Aun no podemos comprender el porqué de este frenesí por la historia. Lo que si podemos es avanzar un par de hipótesis sociológicas relacionadas con la desconfianza: con el temor a los cambios profundos que experimentan todas las sociedades, con el miedo a amenazas como la globalización, a los migrantes… pues definir un enemigo, odiarlo colectivamente, es una formula expedita para fortalecer una identidad. Y para legitimar esta identidad, por ejemplo, la que se hunde en las famosas raíces cristianas de Europa (una visión a la que no todos los historiadores se apegan felizmente), llenamos la brecha abierta en la identidad cristiana con un retorno al pasado (Sibony, 1991). Pero si una fracción del pasado se convierte en eje integrador de la memoria colectiva, que sirve como marca de identidad, en este caso referiremos a una identidad conmemorativa, que se sobrepone a otras partes de la identidad.

Cuanto más se trate a la historia como un bien de consumo cultural, más empresas conmemorativas flirtearán con la comercialización de la memoria. De hecho, este tipo de prácticas celebrativas son un modo de transmisión de cierta memoria, una que no se origina en las relaciones que expresan la vida en sociedad, sino una memoria diseñada para llenar un vacío, o para reemplazar otra memoria calificada como parcial, tal como se puede considerar la transmitida en la escuela. Es en este sentido que podemos hablar de memoria de préstamos. Más que los usos públicos de la historia, lo que se promueve en las aulas es un uso ideológico de la historia en el que sustentar la identidad. Así es como se comprende el que se creara en Francia un « Comité para el seguimiento de los usos públicos de la historia ».

¿El docente está autorizado para recurrir a los tópicos de la historia amateur?

Detrás de los cuestionamientos planteados se encuentra una pregunta de fondo ¿Solo el historiador tiene el derecho legítimo a representar el pasado? Y si no ¿Quién tiene la autoridad para hacerlo? Creemos que esta pregunta plantea un falso dilema y que el historiador saldrá perdiendo si su único reclamo es ser reconocido como el único experto en representar el pasado o en hacerlo inteligible e interpretarlo. Él o ella debe, en el campo de la disciplina histórica -que incluye la investigación y su enseñanza-, crear las condiciones para destacar y reivindicar la existencia de la pluralidad de memorias.

La situación es complicada pues muchos historiadores se han dedicado desde hace tiempo a la historia por encargo. Muchos han servido a regímenes siniestros contribuyendo así a confirmar las sospechas de los ciudadanos sobre la validez de lo destacado como memorable. Y los docentes de historia a su vez  han sido entrenados en un relato lineal que considera el presente como una evolución lógica y positiva del pasado y, por lo mismo, ¿por qué molestarse en enseñar las posibilidades que han abortado o las disonancias que dañarían la coherencia de la historia?

La narración histórica como restitución inteligible del pasado tiene sus límites. Con mucha frecuencia pasa por alto un aspecto esencial de la comprensión del pasado: que está compuesto de fracturas, de conflictos. Demasiado a menudo se erradica de la historias la diversidad de los antagonistas y se evita destacar la pluralidad de sus posibles interpretaciones. Y esta cara lisa de la historia, despojada de imperfecciones, se presta a la sospecha de manipulación, proporcionando las armas de ataque a los objetivos de la identidad, porque es ella misma, a menudo sin ser consciente, quien lleva a cabo la definición identitaria. La narración de historias exóticas, excluidas, contribuye a arrojar dudas sobre la historia como un esfuerzo científico para hacer que el pasado sea inteligible. A su manera, alimenta la conspiración.

La enseñanza de la historia como una experiencia de pluralidad

Frente a este riesgo, no basta con advertir a nuestros estudiantes sobre las argucias de la conspiración que contribuyen a transformar o confundir una duda metodológica legítima en una duda permanente que proviene de una postura interesada que convierte a la sospecha en una regla de conducta. Es urgente que la Escuela se dé cuenta de que la conspiración y las noticias falsas se encuentran entre los mayores desafíos que enfrentan actualmente nuestras democracias.

Nuestros estudiantes deben ser capaces de experimentar la pluralidad de puntos de vista en todas las situaciones. Algunos quieren desacreditar la estatua de Lee en Charlottesville. Pongamos a nuestros estudiantes en una situación donde puedan conocer los puntos de vista de las diferentes partes, destacando que al interior de cada uno de los dos bandos hay contradicciones. Ni todos aquellos que quieren la preservación de la estatua son neonazis o supremacistas blancos, ni todos los que quieren que se desacredite a Lee son defensores de los derechos humanos. Al reunirse grupos de trabajo, se les hace a los estudiantes una serie de preguntas: ¿Quién era Lee? ¿En qué contexto se erigió esta estatua? ¿Quiénes son los partidarios ideológicos de los protagonistas?

En el salón de clase, después de que cada uno decida en su interior, se dará cuenta de que toma posición de acuerdo a los valores que le son propios y desde los cuales inicia la construcción de un nuevo saber, y le será evidente que no tiene la misma posición que al principio… El estudiante debe experimentar que el punto de vista del otro enriquece su propio punto de vista, que el conflicto enriquece y que la negación del otro genera dos perjudicados. De cierta manera este también podría ser el comienzo de una educación para la paz.

Este breve ejemplo puede extenderse a otros tópicos de la enseñanza de la historia. Nuestra experiencia muestra que a partir de esta práctica los estudiantes, no todos por desgracia, adoptan gradualmente una actitud crítica frente al uso fructífero de los vestigios del pasado. La memoria que se transmite, sea cual sea el modo en que se hace, debe recopilar sus contenedores con cuidado. Los estudiantes deben darse cuenta de que ellos mismos, cuando se acercan a cualquier tipo de rastro del pasado, no pueden a primera vista abstraerse de su propio universo mental, de sus representaciones y que a través de todo discurso histórico se reproducen representaciones a menudo inconscientes, ocultas.

El desafío y la puesta en práctica que produce para el docente en clase, son arduos. La capacitación que requiere de los docentes ha de ser repensada en su totalidad. La de los historiadores también.

El objetivo de la enseñanza de la historia no puede ser más guardar la memoria y transmitirla, sino evidenciar que ciertas prácticas de transmisión, para un número creciente de estudiantes, apenas logran transmitir una pequeña cantidad de contenidos y un escaso proceder metodológicamente crítico. Las noticias de televisión ya no son populares entre nuestros jóvenes. ¡Mejor! dirán algunos. ¿Pero deberíamos estar satisfechos de verlos descubrir sus referentes para comprender el mundo exclusivamente en las redes sociales? Después de trabajar un tema en las redes sociales, observé a un estudiante de 15 años “bajar del cielo” al percatarse de que la información que circulaba allí no estaba probada. Rescatar la memoria e incomodarla  al mismo tiempo (Laborie, 1994), para examinarla y trabajarla nuevamente, esa es nuestra ambición.

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